Folleto de investigación
pedagógica Nº 01 - 2013
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“Un Amauta es una persona que vive en el plano de la dedicación a la verdad,
un sabio al cual solo le interesa propagar el bien común sin interés
personal”
La revolución de Túpac
Amaru, 04 de noviembre de 1780 (Juan José Vega)
Paulatinamente iremos aprendiendo lo que ocurrió en el
antiguo Perú. A finales de la década de 1771, nuestros antepasados luchaban por
la independencia total del Perú, es decir, eran revolucionarios. En cambio, un
sector reducido de criollos buscaba "humanizar" la dominación
española en el antiguo Perú, es decir, eran reformistas. Mientras los primeros
se enfrentaban a las fuerzas virreinales a los gritos de muera el Virrey, muera
el Rey, muera la dominación; los segundos gritaban abajo el Virrey, viva el Rey
de España, modifiquemos la dominación. Algunos historiadores
reaccionarios pretenden ocultar esta verdad evidente. No saben qué hacer para
maquillar la mentira disfrazada de verdad. Bajo el rótulo de "primer grito
de libertad, dado en el Perú", pretenden desconocer la heroicidad de miles
de indígenas peruanos que legaron un mensaje de amor: luchar por la libertad,
incluso a costa de perder la existencia. Basta de palabras, y transcribimos un artículo del maestro Juan José
Vega:
"Por sus ideas y hazañas, José Gabriel Túpac Amaru es
quizás el peruano más importante de la historia universal. Por tanto, el
personaje del milenio. Inteligente y audaz, José Gabriel constituía en sí
mismo, en su persona, una mezcla vital: unía la autoridad de su sangre de rey inca
con la impetuosidad del arriero que fue. Era convincente en el hablar y muy
bueno con el lazo y el caballo. Duro con los fuertes y clemente con los pobres.
José Gabriel fue a la vez astuto y decidido. Todo preveía y nada temió. Desde
Tungasuca, una aldea casi inhallable en los mapas andinos, desafió al Imperio
más extenso del orbe, aquel en cuyos inmensos dominios “no se ponía el sol”.
Peleó hasta el final y, tal como se acostumbra decir, murió en su ley.
Amparó sus avanzadas concepciones sociales con un coraje a
toda prueba. Con el (además) empieza la búsqueda de nuestra unidad nacional,
sobre un país atrozmente dividido y una sociedad estratificada en castas y
razas. Con su acción remeció América. Ciento veinte mil muertos dejó la epopeya
andina que protagonizó y fueron sus enemigos quienes reconocieron esa cifra. Luchando
con bravura, los héroes Tupacamaristas cayeron gallardamente en los choques
bélicos o en el cadalso. Y en las masacres.
Era varón de mucho temple. Así lo reconocieron hasta sus rivales.
Preso, no desplegó los labios, aunque se le aplicase inauditos tormentos, “en
lo que se la ha reconocido un valor bárbaro que admira”. Poco antes del
suplicio había expresado, con orgullo, a uno de sus custodios: “No diré a nadie
la verdad, aunque me saquen la carne a pedazos”; y cumplió con semejante reto.
En la prisión, conociendo que la rebelión continuaba
extendiéndose, trató de fugar. Quiso ponerse otra vez al frente del movimiento
al saber que las columnas insurgentes marcharían sobre el Cuzco. Carente de
todo, con su sangre escribió un mensaje sobre un trozo de tela arrancado de sus
ropas, pidiendo algunos pesos y una lima. Emociona ver la letra vacilante del
héroe: usó la mano izquierda dislocada, pues el otro brazo ya estaba roto.
Pero ese gran peruano era tan recio como hábil. Acusándolo,
un español de Livitaca le había rendido el mejor elogio:... “No perdona medio
para conseguir sus ideas”.
Así era ese Inca a caballo, aquel “Inca-rey”, de quien unos
versos criollos dirían que “sólo trata con rigor/ al europeo tirano/ al
patricio fiel, humano/ ampara y hace favores/ sin distinción de colores/ es con
todos muy amable”, décimas que se guardan en la Biblioteca Nacional de Madrid y
que prueban la humanidad del gran caudillo andino, su anhelo de un Perú de
todas las sangres, con todas las razas. Sin odios ni prejuicios, tan largamente
cultivados por los opresores de entonces.
Iba triunfando en el anhelo unitario cuando lo capturaron. Si
reparamos en quienes lo siguieron, hallamos campesinos, pastores, arrieros y
sacerdotes pobres, pero también fragmentos de toda la sociedad colonial, negros
incluso, respondiendo a sus llamados a los “paisanos de todos los colores”. En
su afán integrador, insistía a través de sus proclamas en llamar a filas a “mis
amigos criollos, indios, mestizos y zambos”. Generalizando, decía “paisanos”.
Acogiéndose al empeño de cohesión interna lo respaldaron multitudes, pero
también calificados segmentos de otros sectores, que bien pueden ser
representados ante la posteridad por el criollo Felipe Bermúdez, asesor que
murió al pie de un cañón, y el capitán afroperuano Antonio Oblitas, ahorcado
junto al gran prócer.
Desde tierras cuzqueñas, atacó tres virreinatos: Perú, Río de
la Plata y Nueva Granada, las fuerzas que movilizó combatieron sobre el suelo
de siete repúblicas actuales: Perú y Bolivia, señaladamente; pero también en
Argentina, Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador. Y se conspiró en otras tantas
tierras más. Se alzó de la nada, con setenticinco fusiles anticuados, reciente
botín de un golpe de mano. Al final, contra él, se tuvo que llevar ejércitos
más numerosos que los que España lanzaría más tarde contra San Martín y
Bolívar. Principalmente el que comandaba el mariscal Joseph del Valle, de
diecisiete mil soldados.
No menos de cien batallas y combates se libraron “a lo largo
de quinientas leguas” en pos de la libertad, tanto en lucha a campo abierto
como tomando ciudades. Tal vez el más remarcable de aquellos encuentros sea el
de Cerro Puquinacancari, porque, como en las gestas de Sagunto o Masada de los
fastos universales, los sobrevivientes optaron por el suicidio antes que caer
prisioneros; hasta las mujeres se arrojaron al abismo con sus hijos.
Casi venció nuestro Túpac Amaru, capitaneando América. Fue
tal epopeya, el más vasto movimiento anti-colonial del continente. Y tal vez el
primero en lo que se llamó hasta hace poco el Tercer Mundo. Eran esos finales
del siglo XVIII los de una Europa que aún extendía a cañonazos sus fronteras
coloniales por todos los mares. Nuestro adalid hizo andar al revés el reloj de
la Historia, iniciando un ciclo que luego se generalizaría cien años más tarde.
Fue así un adelantado.
Todos sus seguidores lo trataron como Rey. Él quiso, a través
de la aristocracia incásica, restaurar la preeminencia del Perú en América, lo
cual repercutiría en los proyectos iniciales de Manuel Belgrano y hasta de Francisco
de Miranda, bien iniciado el proceso libertario continental, y procuró ampliar
los linderos del Imperio de los Incas. Basta ver los títulos con que cimentó el
título de su coronación.
Consiguió tantos avances porque conocía la greda y la gleba
del Perú y en cierta medida de América. Conocimiento directo. Porque era un
autodidacta. Fue desde su cabalgadura que todo lo aprendió. Poseía una sabiduría
reciente, que superó a todos los doctores de San Marcos, juntos. Pero con su
mentalidad abierta, alternaba igualmente, en los altos caminos, con personajes
como Ignacio de Castro, el mayor sabio de la época, y con arrieros llegados de
todos los horizontes a las frecuentes ferias surandinas.
Más no se trató solamente de lograr una Independencia,
monárquica y neo-inca para el caso. Buscaba justicia social, pues bregó sin
tregua contra la servidumbre de los indios y la esclavitud de los negros; lo hizo
hasta dar su sangre y la de los suyos. Peleó asimismo por la libertad de
pensamiento y contra la ignorancia, en anhelo de patria única que hasta ahora
el Perú aguarda. Gozó por estas razones, y “con semblante sereno”, de la
adhesión de miles y miles que por él murieron, proclamando en los combates o
ante los verdugos a su “Padre, Rey y Redentor”. En cinco idiomas. Y fue gracias
a tal fe que el mito del Inca Rey (Incarri) perdura hasta ahora. En realidad,
se comportaba como un “monarca libertador”.
Pero no sólo fue América. La sublevación de Túpac Amaru tuvo
eco en España, Portugal, Italia, Inglaterra y hasta en Polonia. Lo más
rescatable de estas repercusiones europeas es lo sucedido en la Corte de
Londres, capital que por aquel entonces manejaba los asuntos del mundo: En
Italia, un exiliado peruano, Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, que alcanzaría mucho
después la fama, se presentó al consulado británico en Livorno para proponer el
envío de una flota a fin de respaldar al Inca. Fracasó el intento, a pesar de
que los planes expuestos avanzaron un tanto; sin embargo, la celebridad le
llegaría a Vizcardo años más tarde, cuando en su famosa Carta asentó la partida
de nacimiento de la Independencia de América toda, inspirándose tal vez en el
Bando de la Coronación de Túpac Amaru en Chuquibambilla; mensaje emancipador
que se reproduciría en varios lados del continente; esto ya al impulso de
Francisco de Miranda, en la época inicial de Simón Bolívar; que conocía de qué
modo los comuneros de El Socorro, su tierra, habían vivado al “Rey Tupa Amaru”
y combatido por él. Finalmente, en España, Manuel Godoy Príncipe de la Paz y
Primer Ministro de Carlos IV, se habría de referir agudamente al caudillo
andino.
Se trata, pues, del peruano más importante en la historia
universal. Es de aquellos hombres que puede ser admirado por el pueblo de
cualquier país del planeta, inclusive el español. Es por tal razón que se ha
escrito un centenar de obras en torno a la gesta andina que protagonizó, así
como miles de artículos y ensayos y docenas de poemas. Federico García filmó
una película, que ha sido la más vista en el país (plebiscito indirecto).
Numerosos pintores y escultores del país y algunos del extranjero han tratado
de rescatar su rostro, perdido en las tinieblas (Núñez Ureta, Etna Velarde,
Bravo, entre ellos). Innumerables organizaciones populares llevan su nombre
como emblema. De frontera a frontera.
Inspirados en el credo de nuestro indio epónimo, numerosos
americanos, sobre todo los del Perú, hemos enaltecido al prócer, aunque desde
distintas perspectivas, llegándose (como ocurre con Cristo mismo) a diversidad
de postulados, algunas veces opuestos unos a otros. De tal suerte que, si en
poesía podemos preguntarnos cuál verso glorificando a Túpac Amaru es el mejor
(el de Romualdo, el de Scorza, el de Arguedas, el de Valcárcel), la misma
disparidad contemplamos en las páginas que tratan de interpretar su pensamiento.
Túpac Amaru enlaza el pasado milenario del Perú con los
tiempos actuales. Aunque dispersadas las cenizas de su cuerpo entre los cerros
que bordean el Cuzco, está allí, como contemplando el futuro, pues su mirada
visionaria nos llega. Sencillamente porque varias de las metas que soñó, entre
ellas la justicia social, aun constituyen para nosotros un objetivo. Es hombre
de todas las épocas y así, en la que le fue propia, lo apoyó la gente de los
más diversos estadios históricos en este poliedro que es nuestro Perú.
Los silvícolas de Inambari, desde sus colectividades
primitivas; los quechuas y aimaras de los ayllus enclavados en el autocratismo
andino milenario; los esclavos negros igualmente un rezago universal de otras
eras; los siervos de las haciendas medioevales; y los criollos y mestizos de
las sociedades urbanas paleo-capitalistas de aquellos años. Pero nosotros, desde
nuestra perspectiva actual, le otorgamos también fervoroso respaldo. Como se lo
habríamos brindado en los hechos de haber vivido en su tiempo.
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